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Reseña: Drácula (Luc Besson)

Drácula, en la versión reciente dirigida por Luc Besson, no plantea una historia de amor en el sentido en que suele entenderse, sino algo un poco más oscuro e inconsciente: el uso del apego y el dolor como identidad. La película Drácula: A Love Tale utiliza la estética romántica, la intensidad emocional y el vínculo aparentemente eterno entre los protagonistas para mostrar, en realidad, cómo una mente puede quedarse atrapada en un bucle de rencor durante siglos… Y estar condenada en un mismo punto sin darse cuenta.

Drácula no está buscando a Elisabeta. Eso es lo que parece a simple vista, lo que sostiene toda la narrativa y lo que da sentido a su vida. Pero si se observa con un poco más de distancia, lo que está haciendo no es buscarla a ella, sino intentar recuperar una experiencia que cree que perdió con su muerte. No es amor lo que lo mueve, es la incapacidad de aceptar la pérdida y, sobre todo, la necesidad de rellenar el vacío que esa pérdida dejó. En definitiva: la no aceptación de la vida como se presenta… Y cuando alguien se convierte en una obsesión, cuando depositas en otro lo que crees que te falta, lo que aparece ya no es amor, sino necesidad.

Desde ahí, todo lo que hace está condenado a repetirse. Porque la necesidad no puede satisfacerse en el otro. Puede proyectarse, puede intensificarse, puede disfrazarse de romantización, conexión o de destino, pero no puede solucionarse el auténtico «problema». Por eso su búsqueda se convierte en un bucle: cambia el contexto, cambian los rostros, cambian los siglos, pero la dinámica interna es la misma. Busca, pero no encuentra. Encuentra, pero no es suficiente. Y vuelve a empezar.

Esa es su verdadera condena. No la oscuridad, no la inmortalidad, no el castigo divino. La repetición. La incapacidad de salir de un patrón que él mismo alimenta sin cuestionarlo. Una mente que se aferra a una forma concreta y decide que ahí está su salvación queda inevitablemente atrapada en el tiempo, porque todo lo que venga después se medirá con esa referencia y nunca será suficiente.

Por eso el punto clave de la película no es la «reaparición» de Elisabeta, sino lo que esa reaparición saca a la luz. Que no es una segunda oportunidad romántica, es una confrontación directa con el mismo mecanismo que lo ha mantenido encadenado durante siglos. Y por fin, esta vez, tiene posibilidad de elegir de nuevo… Cuando tiene delante aquello que ha estado buscando, pero también la posibilidad de actuar de otra manera.

Y ahí es donde se produce el verdadero perdón.

No hay una solución mágica ni una redención basada en que ahora sí todo es «como él quiere». Lo que cambia es la decisión que se toma pensando en hacer lo correcto. Por primera vez, Drácula no actúa desde la necesidad (su necesidad). No intenta retener a su mada, no intenta llevársela consigo, no intenta convertirla en lo que él es haciendo lo que sea a toda costa para no perderla de nuevo. Renuncia a todo eso.

Y esa aparente renuncia es la que da forma al verdadero perdón.

Porque lo que sostenía su condena no era la pérdida original, sino la interpretación que hizo de ella y la forma en que intentó compensarla. Al soltar la necesidad de poseer, al dejar de convertir al otro en su salvación, desaparece también la culpa que lo mantenía atado a ese estado. No hay castigo externo que se levante, sino toda una estructura interna que deja de sostenerse. Y ahí el personaje victimario, oscuro y cruel se desmorona.

Por eso el final, que puede parecer trágico o romántico (según cómo se mire), en realidad señala otra cosa. No es la culminación de un amor eterno, sino el fin de una forma de relacionarse basada en la carencia. Y en ese sentido, lo que se presenta como una pérdida es, por primera vez, una liberación real.

La película no habla de vampiros en el fondo, ni de inmortalidad, ni siquiera de un amor imposible. Habla de algo mucho más cotidiano: de cómo se construyen relaciones desde la necesidad, de cómo se idealiza al otro para no mirar el vacío propio y de cómo ese mecanismo, si no se ve, puede repetirse indefinidamente… en muchos rostros distintos, a través del tiempo y los siglos.

Drácula de Luc Besson plantea una salida que no es cómoda ni romántica: dejar de poseer. Dejar de necesitar. Dejar de usar al otro como solución a las propias carencias e insatisfacciones.

Solo ahí, lo que parecía amor del mundo empieza a parecerse al verdadero amor.

Os dejo la reseña en instagram en colaboración con El Cuaderno de Jennifer.

Nos vemos en la próxima reseña.

Irene

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