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Reseña: La vida de Chuck

La vida de Chuck: cuando el mundo del personaje empieza a apagarse

La vida de Chuck, de Mike Flanagan, basada en un relato de Stephen King, puede verse como una película sobre la muerte, sobre la memoria, sobre la belleza de una vida aparentemente común o sobre la importancia de aprovechar los pequeños momentos. Pero, si la miramos desde una perspectiva metafísica y desde el marco de Un Curso de Milagros, aparece una lectura más profunda: no estamos viendo solo la historia de un hombre, sino el deshacimiento progresivo de un personaje y del mundo que se había construido alrededor de él.

La película empieza con una sensación de final, de hecho está contada al revés. El mundo se está apagando. Las comunicaciones fallan, las ciudades se derrumban… y todo aquello que parecía ser la realidad empieza a desmoronarse. Al mismo tiempo, aparece una frase extraña en los carteles publicitarios: “Gracias, Chuck”. Y esa frase, que al principio parece no tener sentido, empieza a mostrarnos que probablemente estamos dentro del universo interno de un personaje que está llegando a su fin.

Y desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, no se nos presenta el mundo como una realidad, sino como una proyección mental. El mundo que vemos está profundamente ligado al sistema de pensamiento que lo sostiene. Por eso, cuando el personaje empieza a deshacerse, también se deshace el mundo que parecía girar alrededor de él.

No estamos viendo solo un apocalipsis externo. Estamos viendo el derrumbe del mundo personal de Chuck, sostenido por un montón de momentos y recuerdos del pasado que fueron los que le dieron forma al Chuck adulto.

El personaje y su universo

Cada persona vive dentro de un mundo aparentemente compartido, pero profundamente influenciado por su propia historia. No vemos la realidad tal como es, sino a través de recuerdos, heridas, deseos, temores, pérdidas, creencias y defensas. Por eso, aunque dos personas estén en la misma situación, no están viviendo exactamente el mismo mundo.

Chuck contiene un mundo entero porque todo personaje lo contiene. Su infancia, sus abuelos, sus decisiones, sus renuncias, sus miedos, sus momentos de alegría, sus deseos reprimidos y sus heridas no resueltas forman el universo que la película va desplegando poco a poco. La narración inversa de la historia nos obliga a ver primero el final de ese universo y después las piezas que lo componían.

Y eso cambia por completo la forma de ver la película. Porque ya no se trata solamente de preguntarnos quién era Chuck, sino por qué era como era ese mundo que se estaba apagando con él. Nos deja con ganas de ver qué había detrás, especialmente de la puerta de la torre, jeje.

Desde el Curso, podemos afirmar que el personaje no es nuestra identidad verdadera. Es una construcción temporal dentro del sueño. Tiene historia, nombre, cuerpo, profesión, recuerdos y una aparente trayectoria en base al tiempo lineal, pero todo eso pertenece al ámbito de lo efímero. Y por lo tanto, tarde o temprano, se desvanece.

Contengo multitudes

Uno de los grandes temas de la película es la idea de que cada vida y/o persona contiene multitudes. Chuck no es solo un contable. No es solo un niño marcado por la pérdida. No es solo alguien que bailaba. No es solo un adulto que siguió un camino razonable. Es muchas cosas a la vez. Muchas personas a la vez.

Contengo multitudes no es solo una de esas frases «ñoñas» de Hollywood, sino una descripción precisa del personaje. Actuamos de una manera con unas personas y de otra forma con otras. Cambiamos la voz, el cuerpo, la actitud, la defensa, el miedo y hasta las necesidades según quién tengamos delante. Pues eso. Contenemos multitudes.

No somos iguales con una pareja que con un padre. No somos iguales con un hijo que con un cliente. No somos iguales con alguien que nos admira que con alguien que nos cuestiona. A veces parece que no cambia solo el comportamiento, sino el personaje entero que toma el mando.

Contenemos multitudes porque el ego está hecho de fragmentos, como un Mr. Potato, y los va intercambiando según los intereses que pretenda satisfacer en ese momento. Hay un personaje que quiere agradar, otro que se defiende, otro que exige, otro que se victimiza, otro que seduce, otro que ataca, otro que se esconde, otro que se adapta, otro que se resigna y otro que todavía sueña con algo que dejó atrás.

Chuck parece una persona común, pero dentro de él hay muchas vidas posibles. Hay una vida que vivió y otras que quedaron apagadas nada más comenzar. Hay caminos elegidos y caminos abandonados. Hay una parte que hizo lo que se esperaba de él y otra que nunca dejó de bailar. Es como una muestra de que, al elegir un camino, se abren todas las posibilidades de ese «futuro probable» y se van desconectando las demás. Por eso al llegar al final de las elecciones disponibles, el mundo se va desconectando.

Los personajes que van muriendo

Con el paso de los años, especialmente cuando hay un trabajo espiritual real, vamos atravesando muchas versiones de nosotros mismos. Algunas parecen quedarse atrás de forma natural. Otras mueren con resistencia. Otras todavía intentan volver cuando se activa una vieja herida.

El personaje de la ira, el del resentimiento, el del dolor, el de la defensa, el de la carencia, el que necesita tener razón, el que exige que el pasado sea reparado, el que se aferra a la culpa o a la identidad de víctima… todos esos personajes pueden ir perdiendo fuerza cuando se hace un trabajo interno.

Desde Un Curso de Milagros, el perdón no consiste en mejorar al personaje, sino en deshacer la interpretación que lo mantiene. No se trata de fabricar una versión más espiritual de ti mismo, sino de permitir que caigan las capas falsas de identidad que se construyeron como compensación sobre la culpa, el miedo y la separación.

Por eso, la Expiación puede entenderse como una cadena eslabonada de perdón. Cada relación, cada conflicto, cada recuerdo, cada juicio y cada dolor que se entrega a una nueva percepción permite que algo del personaje deje de tener sentido. No porque se reprima, sino porque se ve de otra manera.

Y cuando algo se ve de otra manera, deja de sostener el mundo tal y como lo conocías.

En ese sentido, La vida de Chuck puede leerse como una gran imagen del proceso de deshacimiento. Chuck contiene muchas versiones de sí mismo, pero ninguna de ellas es definitiva. Todas pertenecen al tiempo. Todas nacen, cumplen una función y desaparecen. El Curso nos invita precisamente a mirar más allá de todas esas versiones y preguntarnos qué somos cuando ya no necesitamos defender ninguna.

Un montón de recuerdos en la mente que se irán apagando a medida que no signifiquen nada ni para nosotros mismos.

El baile: la vida que fue apartada

Uno de los elementos más hermosos (a la par que dolorosos) de la película es la cuestión del baile. Chuck baila. Y cuando baila, aparece algo espontáneo, vivo, libre, no calculado. El baile representa una parte de él (especialmente porque simboliza el amor más puro que tenía, el de su abuela) que no cabe del todo en la vida ordenada, práctica y aparentemente segura que termina llevando.

Su abuelo le transmite la idea de que bailar no le va a dar de comer. Y aquella conversación funciona como una semilla plantada en su mente. Chuck interioriza esa instrucción. Decide que lo sensato es otra cosa. Que debe elegir una profesión segura, una estructura, un camino razonable…

Así, que deja de creer en él, y el baile queda apartado. Ocupando la contabilidad su lugar.

Hacer lo que otros esperan de ti y ejecutar la propia renuncia interior. ¿Quién no ha pasado por ahí alguna vez? Chuck no abandona solo una posible carrera. Abandona una parte de sí porque alguien le da forma a una idea que él tiene en su cabeza: dedicarte a lo que te hace feliz no puede sostenerte en la vida.

El abuelo: amor, miedo y programación

El abuelo de Chuck es una figura muy importante porque no representa simplemente al villano que impide un sueño. Sería demasiado fácil e irresponsable leerlo así. El abuelo cuida, protege y acompaña. Pero también transmite sus propios miedos, en un intento de proteger a su nieto.

El abuelo no solo educa a Chuck. También le transmite un mundo. Y Chuck, como tantos personajes, acaba viviendo dentro de ese mundo transgeneracional heredado.

Desde una lectura metafísica, esto permite ver cómo el sistema familiar no solo transmite amor, valores o protección. También transmite miedo, culpa, resignación, expectativas y formas de interpretar la realidad. Al fin y al cabo, elegimos a la familia antes de venir por resonancia mental.

El ático: lo que cerramos con llave

El ático es uno de los símbolos más claros de la película. Es el lugar prohibido. El espacio de la casa al que no se debe entrar. Simboliza que los peores temores no vienen de fuera: están dentro. Representa los miedos más profundos, los dolores que no nos atrevemos a mirar, aquello que se cierra con llave para poder seguir funcionando. No desaparece. Simplemente queda apartado de la vida cotidiana.

El protagonista tiene una visión de sí mismo y su reacción es muy reveladora: decide que siempre hará como si no lo hubiera visto. Ahí se resume una parte enorme del mecanismo del ego.

Las defensas no son involuntarias ni se forjan inconscientemente. Son como varitas mágicas secretas que utilizas cuando la verdad parece amenazar lo que prefieres creer. (UCDM.L.136.3:1-2)

Las visiones del abuelo y del propio Chuck pueden leerse como manifestaciones de aquello que la mente no ha integrado: el miedo a la muerte. El abuelo ve a su esposa. Chuck se ve a sí mismo. Cada uno se encuentra, en ese espacio cerrado, con una imagen que revela algo que no puede controlar.

Desde el Curso, el miedo no se sana escondiéndolo. Se sana al mirarlo a la luz de la Verdad. Pero el personaje no quiere mirar porque cree que, si mira, será destruido. Por eso prefiere cerrar la puerta y seguir adelante.

¿Qué queda cuando se apaga Chuck?

La película puede emocionar porque nos recuerda que una vida contiene belleza, pérdidas, música, dolor y momentos inesperados de plenitud. Pero, desde una lectura más profunda, también nos confronta con algo menos cómodo: todo lo que llamamos “mi vida” está sostenido por una identidad que no es permanente.

El personaje nace, acumula recuerdos, interpreta lo que ocurre, toma decisiones, renuncia a unas cosas, elige otras, se adapta, se defiende, ama, teme, envejece y finalmente se apaga. Y con él se apaga también el mundo que había organizado en torno a sí mismo.

Pero Un Curso de Milagros nos llevaría todavía más lejos. Si el personaje se deshace, si sus multitudes se desvanecen, si sus mundos internos se apagan, si sus miedos cerrados con llave pierden poder al ser mirados… entonces la pregunta final no es qué fue de Chuck.

La pregunta es: ¿qué somos cuando ya no queda ningún personaje que defender?

Porque tal vez el verdadero sentido de la película no esté en celebrar la identidad falsa de Chuck, sino en comprender que aquello que parecía un universo entero era también una construcción temporal. Hermosa, compleja, dolorosa, entrañable, sí. Pero temporal.

Chuck contiene multitudes, como todos los personajes. Pero el perdón no viene a ordenar esas multitudes ni a hacerlas más aceptables. Viene a mostrarnos que ninguna de ellas era nuestra verdadera identidad.

Dónde ver

La vida de Chuck está disponible actualmente en Prime Video. Te dejo un enlace para suscribirte gratis a Prime Video por 30 días.

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Nos vemos en la próxima. 🙂

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