Saltar al contenido
Portada » Blog » Reseña: Los ojos del dragón

Reseña: Los ojos del dragón

Atención: Esta reseña podría llevarte a intuir el final de la novela. Si no has leído el libro aún puedes ver la reseña en Instagram (sin spoilers).

Y si te apetece leerla, aquí tienes el link de compra.


Los ojos del dragón: cuando el miedo quiere su propio reino

Los ojos del dragón es una novela de Stephen King aparentemente sencilla, un cuento de fantasía: un reino, dos príncipes, un rey débil, un mago oscuro, una acusación injusta y una larga espera antes del desenlace.

Stephen King ha explicado en numerosas ocasiones que escribió Los ojos del dragón pensando especialmente en su hija Naomi. Cuando ella tenía unos 13 años, King ya había escrito numerosas novelas, pero Naomi no había leído ninguna porque no le interesaban sus vampiros, monstruos y demás historias de terror. Así que decidió escribir una historia de fantasía que pudiera interesarle. En la propia web oficial de King cuenta que el libro empezó llamándose The Napkins (las servilletas) y que, aunque Naomi recibió el manuscrito inicialmente sin demasiado entusiasmo, terminó completamente atrapada por la historia y después le dijo que lo único malo era que no quería que terminara. Afortunadamente le cambió el nombre. 😁😁

Además de a Naomi, la novela está dedicada a Peter Straub, amigo de King.

Pero volvamos a la novela. Bajo esa estructura aparentemente infantil hay mucho más. Hay miedo, manipulación, culpa, obediencia, confianza, creencias limitantes por doquier y, sobre todo, personajes que tienen que decidir si continúan dentro del sistema de pensamiento que los ha gobernado hasta entonces o se atreven a abandonarlo.

Leída desde la metafísica de Un Curso de Milagros, hay momentos especialmente interesantes.

Uno de los primeros aparece cuando la madre de Peter le enseña a escribir la palabra GOD y después le pide que la lea al revés. Peter descubre sorprendido que aparece DOG, perro. Ella le dice:

«Estas son las dos naturalezas del hombre. No las olvides jamás, porque algún día tú serás rey y los reyes crecen y se hacen altos e imponentes, tan altos como los dragones tras su noveno cambio de piel».

La escena funciona casi como una presentación simbólica de lo que después veremos durante toda la novela. No porque el ser humano tenga literalmente dos naturalezas, si lo observamos desde UCDM, sino porque en la experiencia de la mente dividida sí parece existir una elección constante entre dos sistemas de pensamiento: miedo o amor, ego o Espíritu.

Peter crece con una referencia interior distinta a la de su padre y a la de Thomas. Su madre (en los pocos años que compartieron) le transmite bondad, dignidad, firmeza, valores y cierta capacidad de permanecer conectado con algo que no depende completamente de las circunstancias externas. Esa diferencia será decisiva.

Su padre, Roland, es un rey fácilmente influenciable. Thomas (el hermano menor), por su parte, necesita desesperadamente aprobación. Su dependencia de Flagg parece alimentarse precisamente de una sensación de inferioridad: no sentirse suficiente, no sentirse querido, no sentirse capaz de competir con Peter. Y cuando alguien se siente pequeño, el ego siempre tiene algo que ofrecerle: una identidad basada en la comparación, el resentimiento y la promesa de que podrá obtener fuera aquello que cree que le falta dentro. Como todos aquí, Thomas tendrá la oportunidad de «elegir de otra manera». Pero no adelantemos acontecimientos.

Flagg, el maléfico mago de esta historia, sabe utilizar esas grietas de Thomas a su favor.

Hay una frase del libro que resume perfectamente esto:

«Incluso si ese sentimiento de que no sois bueno para realizar determinado trabajo no es verdadero desde un principio, con el tiempo se hará realidad».

Esta cita me parece muy acertada y alineada con las leyes de la mente: primero aparece la creencia y más tarde, si la sostenemos en nuestra mente, el mundo nos confirmará nuestro «deseo oculto» de fracasar.

Y esto me recuerda a las creencias de la familia Staad: «No tengo suerte». Después ocurre algo desagradable. «¿Lo ves? Sabía que no tenía suerte». Y así generación tras generación. Sosteniendo creencias falsas y buscando en el mundo la prueba fehaciente de que soy tan miserable y poco merecedor como me cuento. El mundo parece haber demostrado la verdad de nuestra creencia, cuando en realidad nosotros ya habíamos decidido cómo interpretar lo que sucediera. Se cierra así un círculo perfecto de causa y efecto.

Esta ley de la mente, ¿¡cómo no!?, puede funcionar en sentido contrario. Cuando comenzamos a confiar, a dejar de utilizar constantemente el miedo como referencia y a permitirnos seguir otra guía, acabamos experimentando aquello que siempre estuvo disponible, aunque antes no pudiéramos verlo debido a que estábamos empeñados en vestir las «anteojeras» de los caballos. Desde UCDM, no se trataría tanto de conseguir algo que nos falta, sino de dejar de bloquear aquello que ya nos pertenece.

Peter representa bastante bien esa actitud. Durante su estancia en «la aguja», el ayuno se convierte para él en algo más que una estrategia:

«El ayuno le sirvió para volver a recobrar el dominio de sí mismo. El estómago vacío le ayudó a desprenderse de su actitud infantil. Comenzó a sentirse más puro, despejado, vacío… como una copa a la espera de ser llenada».

Y poco después:

«Rezó, pero algo en él le decía que aquel acto era más que rezar; estaba hablando consigo mismo, escuchándose, preguntándose si existía una forma de salir de aquella prisión de los cielos en la cual le habían encerrado con tanta habilidad».

Esta imagen de la copa vacía me parece brutal. Antes de escuchar la voz del Espíritu, Peter tiene que vaciarse de parte de lo que llevaba encima: miedo, desesperación, reacción, infantilismo, sentimiento de injusticia… No porque el ayuno sea en sí mismo una vía espiritual, sino porque simbólicamente representa un espacio interior que deja de estar completamente ocupado por el ruido del sistema de pensamiento del ego.

Es entonces cuando es capaz de escuchar. Desde UCDM, la oración tampoco consiste en hablar con una entidad externa. Muchas veces es precisamente ese movimiento de retirada del ruido del ego lo que permite escuchar la Voz que siempre estuvo ahí: la del Espíritu.

Otro de los aprendizajes de Peter llega de Yosef, el jefe de caballerizas:

«Punto de ruptura —dijo—. Para un príncipe es una buena cosa conocerlo, Peter. Las cadenas se parten si les pones demasiado peso, y lo mismo pasa con las personas. Tenlo siempre presente».

La frase es magnífica por sí sola, pero además anticipa exactamente lo que Flagg intenta hacer con el reino. Manipula a Thomas, aumenta la presión sobre el pueblo y fuerza poco a poco a todas las personas de Delain hasta acercarlas al límite. Su estrategia consiste precisamente en llevar el reino al punto de ruptura.

El problema del ego es que rara vez comprende del todo las consecuencias de aquello que pone en marcha. Se deja llevar por las exaltaciones, y antes o después, las manipulaciones hechas desde el ego nos estallan en la cara. Y es que Flagg deja vivo a Peyna porque quiere que sufra. No le basta con «quitarlo de enmedio»: quiere contemplar su caída. Pero esa misma decisión desemboca en eventos que perjudican a Flagg.

Es uno de esos momentos en los que el plan del ego se vuelve contra sí mismo.

Desde UCDM podríamos decir que el Espíritu puede utilizar incluso aquello que nació del miedo para conducir finalmente hacia otra elección. No porque el daño fuese necesario ni estuviera provocado por el Espíritu, sino porque ningún error tiene por qué convertirse en un callejón sin salida. De este modo, Flagg podría haber contemplado lo ocurrido y reconocer que su propia maniobra había producido el efecto contrario al que pretendía, lo cual podría incluso haberle llevado a utilizar ese fracaso para cuestionar su sistema de pensamiento. Pero no lo hace. Está demasiado identificado con él. Y es que la oportunidad de corrección puede presentarse muchas veces, pero nadie puede ser obligado a aceptarla.

Peyna, sin embargo, sí cambia de sistema de pensamiento, y está abierto a otras posibilidades, como diría Un Curso de Milagros, una de las cualidades de los Maestros de Dios es tener «mentalidad abierta». Durante toda su vida, el juez había representado el orden, la legalidad y la fidelidad al sistema. Sin embargo, llega un momento en que comprende que, si quiere impedir que Flagg destruya definitivamente el reino, tendrá que utilizar precisamente los mecanismos de la rebelión para ayudar a escapar a un prisionero. King describe esa contradicción en la mente del juez diciendo que dentro de él había un desconocido que se reía ante esta ironía.

Toda su vida había sido fiel a un sistema y ahora descubre que la única manera de servir verdaderamente a aquello que consideraba justo consiste en desobedecerlo. Las acciones que contempla realizar van contra la esencia de toda su vida, pero decide seguir adelante aunque puedan costarle la muerte.

Es difícil no ver aquí una metáfora del proceso de abandonar un viejo sistema de pensamiento.

No basta con introducir pequeñas modificaciones dentro del mismo marco mental que produjo el problema. A veces llega un punto en que la salida exige cuestionar la estructura completa desde la que hemos estado interpretando nuestra vida.

Hay otro detalle aparentemente menor que me hizo gracia y que, sin embargo, encaja perfectamente con todo esto.

Flagg lanza un grito mientras duerme y:

«El soldado que dormía a la izquierda de Flagg murió instantáneamente de un ataque al corazón, soñando que venía el gran león para devorarle».

Es una exageración muy propia del tono de King, pero también una buena imagen de lo que puede hacer el miedo cuando vive continuamente dentro de nosotros. El cuerpo puede permanecer aparentemente relajado, mientras la mente está librando una guerra completa. Como diríamos coloquialmente: «estar a la que salta», con un ojo abierto y otro cerrado, esperando que en cualquier momento el sufrimiento, la muerte y la destrucción nos alcancen.

La tensión no trabajada puede convertir incluso un simple estímulo (como el grito de Flagg en sueños) en una amenaza gigantesca. Ese es el precio de no poner remedio a «nuestros males» según se van presentando.

Otro pasaje que me gustó especialmente habla de Kyla la Buena:

«Para conseguirlo casi tuvo que llevar a la quiebra al Tesoro Real, pero ella sabía que el dinero en circulación, una moneda firme, era la sangre que otorgaba vida a un reino».

Aquí la novela ofrece una imagen de la abundancia muy distinta a la acumulación. Es una ley natural: lo que permanece completamente retenido deja de cumplir su función. El dinero, como todo, necesita circular. También el agua. También la energía. También aquello que sentimos y nos empeñamos en mantener escondido.

Aquello que permanece estancado termina pudriéndose.

La abundancia, entendida desde una perspectiva espiritual, tiene mucho más que ver con confianza que con acumulación: confiar en que tendremos aquello que verdaderamente necesitamos cuando lo necesitemos. Un Curso de Milagros insiste repetidamente en esa confianza y en la inutilidad de organizar toda nuestra existencia alrededor del miedo a la carencia. Y esto es lo que pasa en diversos pasajes de la novela: lanzarse al vacío con la confianza de que algo nos va a sostener (guiño para quienes ya la habéis leído, jeje).

Hacia el final de la novela, otro pasaje que me gustó mucho, cuando Peter está a punto de ejecutar su plan:

«Pero quizá esta noche todo fuera posible. Su cuerda, sus piernas, su suerte. O todo le sostenía o todo se rompía, con toda probabilidad al mismo tiempo. No importaba. Confiaría en su suerte, a pesar de que había sido tan escasa».

Lo importante aquí no es la suerte. Lo importante es que Peter avanza sin garantías, como os decía hace un momento. La confianza verdadera empieza precisamente cuando dejamos de exigir pruebas antes de dar el paso. Si necesito saber que todo saldrá exactamente como deseo antes de actuar, no estoy confiando: estoy negociando.

Peter no sabe si la cuerda resistirá, si sus piernas responderán o si llegará vivo al final. Pero llega un momento en que comprende que debe actuar. Desde UCDM, confiar en el Espíritu tampoco significa recibir previamente un plano completo del futuro. Muchas veces significa permitir el siguiente paso sin exigir conocer todos los posteriores.

En otro momento, cuando Dennis se aproxima al castillo, se nos dice:

«Había pensado en Flagg… y de alguna forma Flagg logró escucharle».

A lo largo de toda la historia existe la sensación de que pensar en Flagg puede atraer su atención. Algunos personajes parecen incluso temer hacerlo. Dentro de la lógica fantástica del relato, esto forma parte del poder del mago. Pero leído desde UCDM inevitablemente recuerda a una de sus premisas fundamentales: las mentes están unidas. Y aquellos miedos de los que intentas huir, terminan alcanzándote.

Pero la unión de las mentes también tiene buenas consecuencias, como no podía ser de otra manera. Hay a quien le gusta llamarlo «casualidad» pero también podríamos preguntarnos cuántas veces utilizamos esa palabra simplemente porque no vemos toda la red de conexiones invisibles que existen detrás de un acontecimiento.

Y quizá por eso me ha gustado tanto releer Los ojos del dragón (la primera novela que leí de King en mi adolescencia más temprana, por cierto). Porque detrás de la aventura, del castillo, de la Aguja, de las intrigas de Flagg y de los personajes que parecen moverse de manera independiente, hay una misma pregunta repitiéndose todo el tiempo: ¿Confianza o miedo?

Roland y Thomas permiten que el miedo, la inseguridad y la necesidad de aprobación abran la puerta a Flagg. Peter, aun teniendo momentos de desesperación y estando literalmente encerrado, conserva una referencia distinta. Peyna descubre que aquello que había considerado correcto durante toda su vida ya no le sirve y se atreve a abandonar su viejo sistema de pensamiento. Y Flagg, que también recibe oportunidades para ver las consecuencias de sus elecciones, se niega una y otra vez a cuestionarlas.

Quizá ese sea para mí el verdadero reino de esta historia: la mente. Un lugar en el que podemos entregar el gobierno al miedo, al control, a la escasez y a la manipulación, o empezar a confiar en otra Voz incluso cuando todavía no sabemos cómo va a resolverse lo que tenemos delante.

Al final, puede que los dragones, los magos y las torres sean sólo el envoltorio de una «historia» que conocemos bastante bien. La del ego, que no necesita sentarse en un trono para gobernar: le basta con que le escuchemos y le demos toda nuestra atención y poder.

Gracias por llegar hasta aquí.

Nos vemos en la próxima.

Irene Balsalobre


Ver la reseña corta en Instagram:

Deja una respuesta